Más allá de una Educación “Ilustrada”. Una Apuesta por la Enseñanza Inspirada en el Arte

El hombre “solo es enteramente hombre cuando juega”.

F.Schiller. “Cartas sobre la educación estética del hombre”.

Johann Christoph Friedrich Schiller (Marbach am Neckar, 10 de noviembre de 1759 – Weimar, 9 de mayo de 1805). Poeta, Dramaturgo, Esteta.

La educación tal como la conocemos es un proceso histórico propio de la modernidad, cuya forma y metodología nace al alero del proyecto emancipador de la ilustración. En aquella época que comprende los siglos XVI, XVII y XVIII fundamentalmente, existieron muchos científicos y filósofos que por medio de un empirismo crítico dieron cuenta de un nuevo mundo, de nuevas formas de pensar, en palabras simples rasgaron los velos que cubrían y ataban al hombre medieval, llámese religión, supersticiones, en fin, Dios, para implantar así el mito que aun nos rige: el mito de la razón. Por medio de esta “razón” midieron el mundo, conquistaron nuevas tierras, exploraron los planetas, centraron la mirada en el hombre, y el progreso avanzó en total optimismo, sin Dios de por medio, hasta el desgarrador final de la revolución burguesa en Francia. Por medio de la guillotina se hacía entrar en razón, y tal vez aun se hace, pero dicha guillotina es hoy algo más “sutil y burda”.

No me interesa ahora dar cuenta y cabida a los grandes relatos de la modernidad, sino centrarme en la idea o modus operandi por medio de la cual nació la educación ilustrada y su superación. Estas escuelas surgen al alero de las iglesias para enseñar a los jóvenes de las distintas ciudades emergentes (en el sentido industrial) de Europa, en las cuales se les entrega el nuevo conocimiento o nueva ciencia, como “verdad indiscutible”, por más discutible que haya sido a través de los siglos. Esa educación, o más bien, los resultados de ella la tenemos aun hoy en día en nuestro país, en donde la (de)formación de los estudiantes está basada en criterios cuantitativos y escasamente cualitativos, una sumatoria de saberes irreconciliables con la cultura de la época, un saber enciclopédico que sólo puede servir para pavoneos, y que a su vez permite sujetos ideológicamente utilitarios al sistema hegemónico (Gramsci). La cultura y la educación van de la mano, es más, la cultura de una época es el reflejo indistinto de la educación que los ciudadanos reciben. Todos los problemas culturales que hoy vemos a diario en nuestro país son el resultado de una educación que no da para más. Sin embargo a lo largo de la historia del pensamiento han existido distintos sujetos quienes con una mirada crítica y reflexiva han propuesto un modelo de educación diferente, al menos por ahora me referiré a Schiller, esteta y poeta alemán, quien escribió sus “Cartas sobre la educación estética del hombre”, precisamente en las postrimerías de la ilustración, cuyo proyecto ya se estaba viendo fracasado.

Este autor escribe su interesante obra, como respuesta crítica a la “Crítica del Juicio” de Kant (filósofo alemán), en la cual divide la razón pura (ciencias) de la razón práctica, dejando en esta última a la moral y al arte o idea de lo estético, de manera que busca una determinación objetiva de la belleza. Ese es el punto de partida de la reflexión de Schiller, quien comienza la búsqueda de la belleza desde una perspectiva “sensible-objetiva”, para pasar a un “Estado estético” del hombre, que supere las formas racionalistas y positivistas de la educación, por medio de una sensibilización  y superación del hombre[1] frente al objeto estético.

De manera que lo que busca Schiller es la autonomía del arte, como punto central de su reflexión, pues esa autonomía la define en analogía a la libertad, pues “la belleza es libertad en apariencia” (Feijóo, XXXV), como libertad aparecida, y como apariencia autónoma de libertad[2], y con esto rompe con el pensamiento kantiano al pensar el fenómeno de la libertad, como aquel que se manifiesta en el mundo de los sentidos. Esta libertad se da en el juego (de la enseñanza diríamos nosotros), que se concibe como facultad libre de conocimiento, entendimiento, y por sobre todo, imaginación. Es para Schiller la mediación entre lo absoluto y lo finito, la libertad y el tiempo, “el juego es la puesta en práctica de la libertad” (Feijoó, LXVI), en donde se anula la temporalidad de la vida utilitaria y por sobre todo, el hombre cumple su determinación humana, pues entra al mundo de las ideas y reconcilia armónicamente las necesidades y la libertad, y por ello precisamente el hombre debe realizar esa actividad de juego únicamente con la “belleza”, pues en el seno mismo de la bella apariencia puede cumplirse “la revolución total de la sensibilidad humana” (Schiller, carta XXVII). Eso solo se daría en el estado utópico que propone el autor de las Cartas, un reino feliz de juego y apariencia en donde la humanidad realice todos sus más altos ideales. No es mi intención plantear aquí una utopía educativa basada en la contemplación del arte como forma de llevarnos al ennoblecimiento y superación del tiempo, sino dar cabida aquí, que los objetos estéticos que produce el arte no existen únicamente para ser mirados en museos o “distraernos” del aburrimiento, sino que se les debe dar una “lectura” más evolutiva, que de por sí ellos mismos portan, como crítica y sentido del mundo que nos rodea.

Esta propuesta renueva las formas de pensar el “objeto estético” dentro de un programa educacional y cultural, y que posterior a Schiller, muchos han tomado sus reflexiones como punto de partida. Siguiendo con esta idea, tal y como nos hace reflexionar el profesor Rojo en sus ensayos, hoy hace más falta que nunca tal ideal estético, en esta época llena de decadencia en donde todo acto cultural se subsume en una maraña comercial ignorante, cáscara acomodaticia, una época de ruido y furia. El juego estético del hombre libre se nos presenta como un puente, entre el salvajismo capitalista y el humanismo más integral, es un horizonte redescubierto para la educación, una nueva inspiración para todo joven profesor, es la señal de ruta que nos guiará los primeros pasos, en la búsqueda de un devenir mejor.

Por ello, lo que en el fondo propone Schiller, es el reencuentro del arte con el resto de los saberes, un enlace o puente entre los diferentes compartimentos que desarrolló Kant, pues Schiller propone el paso a lo estético en este reencuentro entre “los sentidos y la razón instrumental o categórica y entre la Naturaleza y el Pensamiento y entre la materia y el espíritu y entre la práctica y la teoría, retornando de ese modo sobre la reunión de la belleza con la verdad” (Rojo, 43), es en sí mismo un paso de lo estético a lo ético. Es por medio de la libertad como se llega a la belleza, y esa libertad se expresa o manifiesta mediante el goce estético.

Con respecto a este goce estético, cito nuevamente al profesor Grínor Rojo: “en el goce de lo bello, el individuo no colige ni aprende sino que vive su libertad, pero la vive inserta en una forma que es a la vez natural y necesaria”. No todos los estudiantes, no todas las personas han sido “educadas” o preparadas en esta disposición del “goce” de lo bello, que bien sabemos podría ser un objetivo último a desarrollar ¿en el aula?. De tal manera, que se posicionaría este ideal estético como la señal luminosa de todo saber, de todo arte, de toda enseñanza, sentando así las bases mismas de una educación de calidad y con sentido completo. La educación basada en un ideal estético debe promover por sobre todo la libertad del hombre. Es esta libertad esencialmente la que se debe buscar en la educación. La capacidad de desarrollar hombres libres, pensantes y críticos, y no atados al maldito utilitarismo crónico de una sociedad capitalista, ergo, culturalmente decadente. Por medio de este tipo de educación, propongo una praxis educativa que se centre en despertar tales facultades del hombre, su ennoblecimiento en la capacidad de apreciar lo bello. Es ésta una experiencia educativa y estética que no se ha desarrollado al menos en los últimos treinta y cinco años en nuestro país, y que nos deja de tarea para pensar y reflexionar, como cimientos para una ideología renovadora.

Bibliografía.

Friedrich Schiller. “Kallias” y “Cartas sobre la educación estética del hombre”.

Jaime Feijóo. “Estudio introductorio” a las Cartas sobre la educación estética del hombre”.

Grínor Rojo. “Kant, Schiller, Rodó y la educación estética del hombre” en “Las armas de las letras”.

Antonio Gramsci. “Socialismo y Cultura” en “Antología”.


[1] Me refiero a “hombre” en el sentido genérico de especie o humanidad.

[2] La autonomía del arte deviene de conceptos filosóficos como el de heautonomía y sustancia que posee la forma estética, como forma de una forma cuyo origen es la naturaleza.

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¿Somos ‘Idiotas’ los Docentes?

" Un docente sería idiota en la medida en que no observa sus propias prácticas, no reflexiona a partir de sus errores, no reformula su quehacer y justifica cada uno de sus actos como correctos. Sería un profesional incapaz de observarse a sí mismo, sólo capaz de mirarse al espejo una y otra vez en la comodidad de su status quo."

  Hace unos días escuché de uno de mis profesores una interpretación del cuento de Blancanieves. Me quedó dando vueltas la idea de la bruja como una idiota. Etimológicamente la palabra ‘idiota’ proviene del griego y refiere a aquella persona que no se ocupaba de la cosa pública sino sólo de sus propios intereses. Lo que deriva en alguien que no puede ver más allá de sí mismo (o que, en realidad, no quiere). La bruja solo tenía como referente su espejo, que le replicaba incesantemente lo insuperable de su belleza y perfección. No necesitaba nada más.

 Al mismo tiempo recordé la escena en que uno de mis colegas planteó una queja formal en contra de una de sus evaluaciones alegando airadamente que su evaluadora era extranjera y ella no entendía la realidad en Chile. Sin ánimo de ofender, creo que estuve en presencia de un acto ‘idiota’.

 Los seres humanos tenemos una tendencia racional hacia el status quo. Cada vez que entendemos algo y aquello funciona para nosotros en todas las dimensiones necesarias, solemos declararlo ‘ley’ y olvidar que quizás mañana se mueva el paradigma. Los docentes no somos la excepción.

 Un docente sería idiota en la medida en que no observa sus propias prácticas, no reflexiona a partir de sus errores, no reformula su quehacer y justifica cada uno de sus actos como correctos. Sería un profesional incapaz de observarse a sí mismo, solo capaz de mirarse al espejo una y otra vez en la comodidad de su status quo.

 No es importante detenerse en la cuestión de si existen o no este tipo de profesionales, sobretodo en educación… lo interesante es darse cuenta que hay un punto en que esta ‘comodidad’ se quiebra. Formalmente a este fenómeno se le denomina Práctica Reflexiva, la cual toma en consideración los tres niveles de estudio del pensamiento del profesor:

   – Pensamiento sobre el pensamiento (Teoría)

   – Pensamiento sobre el diseño de la acción (Diseño-Planificación)

   – Pensamiento sobre la acción (Práctica)

 La práctica reflexiva permite deconstruir, personalizar y reinterpretar el conocimiento. Si un docente se detiene a relacionar estos tres niveles, es muy probable que su práctica tienda a mejorar y no a mantenerse en el tiempo o empeorar. Si no se incide en el sistema de creencias, representaciones y saberes de los docentes mediante el análisis de las prácticas y la reflexión sobre estas, no moveremos el paradigma reproductivo actual.

 Se debe buscar la forma de provocar en el docente constantes ‘crisis’ (definidas como el momento para tomar una decisión), y dotarlo (o facilitar la dotación) de herramientas que le permitan modificar sus prácticas. Pero creo que el esfuerzo parte por que cada uno de nosotros comience a observarse a sí mismo y a responder con honestidad que hay mujeres más bellas que la bruja que podemos encontrar en nuestro interior.

 Entendamos que no se trata de esperar que otros muevan nuestro sistema, sino de cambiar nosotros los engranajes. Los docentes, ante todo, somos profesionales y le debemos honor a aquél título. Somos parte de la ‘cosa pública’ porque somos formadores y debemos tener claro qué queremos ser para saber que queremos que nuestros aprendices sean, antes de darles señales equívocas.

 ¿Nos gustaría reproducir ‘idiotas’? Porque si es así, los mayores ‘idiotas’ somos nosotros.

Profesor Aldo Lobos.