Lo que el Movimiento Estudiantil Olvidó: La Calidad de la Educación

Meditar, ayunar y esperar. Fue lo que le dijo Siddartha a la reina cuando ella le preguntó qué era lo que sabía hacer (Siddartha, Hermann Hesse). Ciertamente esos tres actos, esos tres saberes o tempos, corresponden a un saber no utilitario, y por ello no rentable para dicha ciudad a la cual se dirigió el eremita de la novela. Hoy en día pareciera repetirse la historia. A muchos humanistas como yo, si se nos preguntara qué es lo que sabemos hacer, respondiendo de forma sincera diríamos: leer, escribir y pensar. Ciertamente estos nuevos tres tempos del ser humanista moderno no corresponden a las exigencias de una sociedad que se vincula desde y hacia las mecánicas de un mercado salvaje en constante expansión (alcances del mercado) y destrucción (de todo aquello que le pueda parecer peligroso). Un saber utilitario es aquel que permite al sujeto adecuarse a los cambios y exigencias del mercado, pero por sobre todo, le permite ocupar un puesto de trabajo según la demanda requerida en la época que le tocó vivir. Existe en la medida de lo “útil”. En los términos más reductores, es aquel sujeto competente en recibir órdenes, ejecutar acciones, tomar decisiones (dentro de lo que le corresponda), y por sobre todo, optimizar la productividad. El mercado crea nichos de trabajo para sujetos competentes en tales trabajos, el mercado requiere y pide sujetos aptos en determinadas funciones específicas, por ello se generan estos saberes útiles o pragmáticos. No me detendré aquí en explicar que esta forma de conocimiento dual – le sirve a otros (que en verdad es singular) y le sirve al que lo emplea – deviene de discusiones enormes dentro de los planes educativos de muchos países como el nuestro; en donde el pragmatismo de las ciencias ocupó todos los saberes, generando como toda discusión, aspectos positivos y negativos, dentro de estos últimos una reducción en la especialización de ciertas áreas. Saber leer lo básico, escribir lo necesario y correctamente, y de pensar mejor no hablar.

La filosofía debe volver a las aulas no como una vieja maquillada, sino como una/un joven excitante capaz de atraer y centrar todas las miradas y orientar todas las prácticas.

Lo cierto es que una postura se impuso y hoy vemos las consecuencias. Un conflicto estudiantil que ya lleva meses de lucha por una educación más digna, en base a dos grandes pilares: “gratuidad y calidad”. Ello se cristalizó en lo referente al “lucro”. De ahí surge todo un discurso que es un remix de viejas peticiones educacionales, peticiones sociales, ecos de pujanzas izquierdistas y malestar social. Grandes relatos mezclados con una prensa capaz de crear una turbia imagen de todo el movimiento, el cual desde dentro pierde las directrices originales y se centra en ciertos aspectos reductores que más que aliviar todo el cauce, complejizan aun más la situación en posturas radicales y llenas de una ideología que grita por romper los cerrojos que una hegemonía, indolente y totalitaria de mercado, se ha impuesto y sostenido desde el discurso de las tecnocracias. Detrás de todo ello están los dogmas, que pesan como cruces sobre los hombros del redentor, pilares insoslayables, puntos de posicionamiento para maquetear todo discurso y así salir a la lucha. La cultura en este escenario sirve de soporte carnavalesco para reclamar a gritos un espacio en los medios locales monopolizados por el mismo poder contra el que se lucha. En tal situación, es innegable que las peticiones originales se pierdan, se contaminen en su mayoría, o se releguen sólo a cifras, grandes sumas de dinero, se reduzcan a un mero vocablo vacío de contenido en los bigotes de dirigentes que parecen ser la enfermedad más que la cura: “…de calidad”.

¿Qué queremos decir con calidad? ¿Cómo es una educación de calidad? He aquí al menos, una postura sobre la cual discutir. La calidad en la educación tiene que ver con una “cualidad” a desarrollar, general y particular, capaz de articular y potenciar las habilidades de todos los estudiantes en el contexto latinoamericano, y en especial en el chileno. Dicha cualidad a desarrollar, son las facultades propias y latentes de todo ser humano, independiente de su origen, religión, etc, tal y como en oriente han enseñado durante miles de años las distintas corrientes filosóficas y espirituales. De manera tal, que el enfoque debe estar en el aprendizaje de las particulares habilidades que cada individuo, alumno, trae consigo. Es innegable que no todos los estudiantes aprenderán lo mismo en una clase de trigonometría, pues las mentes de la mayoría estarán en un estado no apto para recibir tal aprendizaje. Habrán jóvenes distraídos, jóvenes inquietos incapaces de mantenerse más de cinco minutos quietos y concentrados en la clase, y el profesor deberá gastar mucho tiempo repitiendo una banal y simple explicación, o en el peor de los casos, pasará más de la mitad de la clase haciendo callar a los alumnos. Recetas hay varias. Drogas hay muchas para “atender” casos como los de esos indeseables alumnos. Indudablemente eso debe cambiar, la situación que he mencionado no es ajena a ningún estudiante que se haya formado en Chile, los últimos veinticinco años como mínimo; y no necesito explicar más algo que es sabido por todos. Didácticas hay varias, y no son menores aquellas que en base a la imposición del castigo hagan valer, al menos, el silencio dentro de la sala. Lo más terrible, es que con esas didácticas del miedo, o de la entre-tención, no se mejora la calidad, ni siquiera se profundiza en el aprendizaje de los conocimientos utilitarios. Mi postura es diferente, por una parte apunta a cambiar la estrategia desde el comienzo, y por otra a una revaloración de aquellos saberes no utilitarios, los cuales, nos abren las puertas del pensamiento. La filosofía debe volver a las aulas no como una vieja maquillada, sino como una/un joven excitante capaz de atraer y centrar todas las miradas y orientar todas las prácticas.

Ahora bien, si en esa misma aula de jóvenes inquietos y desconcentrados, ponemos en práctica una postura diferente, como mencioné más arriba, utilizando los saberes milenarios de oriente, sea cual sea la corriente de pensamiento. Por ejemplo, qué sucedería entonces, si a esos jóvenes los motivamos, antes de comenzar la clase, con una meditación de quince a veinticinco minutos en la cual llevemos las mentes de ellos a un estado “alfa”. El estado “alfa” de la mente es el estado ideal de la inspiración y del aprendizaje, en donde hay menor resistencia, y la mente se encuentra mas quieta y clara, de forma que le permitiría recibir y aceptar de mejor forma todo tipo de conocimiento, ampliando las capacidades de los alumnos, en pos, de generar sujetos críticos, no simples devoradores de información desechable, sino con el criterio suficiente para pensar por sí mismos todo el conocimiento que reciben. Con este no tan simple ejercicio, pretendo generar dentro del aula el “ambiente” mental interno apto para aprender según las condicionantes del grupo con el que se trabaja.

La calidad educativa debe ser una filosofía de la praxis. Pero en este punto me adelanté demasiado, pues “pensar” como mencioné más arriba es el último y más excelso objetivo que debe tener la educación escolar. Generar sujetos conscientes de sus potencialidades y capaces de reflexionar y pensar sobre la realidad y sí mismos. La calidad de la educación debe necesariamente ir por ese camino, en donde se integren prácticas transgresoras del orden utilitarista y estupidizante que impera en las aulas escolares, así como buscar como fin último sujetos críticos, en el más puro y moderno significado de la palabra.

Todo esto que he escrito, es tan solo un bosquejo que iré matizando y mejorando en otros escritos. Afinando pensamientos y trabajando en pos de generar esa educación revolucionaria, que sea capaz de estar a la altura que se necesita en nuestra era.

Por ahora volvamos al tema de la labor más profunda que se debe hacer en las aulas. Y en este punto, hablo casi de una virtud educacional. Puede que no sea nada nuevo, puede que el objetivo de desarrollar individuos integrados, realizados y conscientes sea el objetivo de todo modelo educativo, pero no hay que ser ingenuos, hay que distinguir entre los discursos y las prácticas. Chile postdictadura es un ejemplo de prácticas mal intencionadas y segregadoras en la educación. Aquí separo el ensayo entre una tentadora ideología y la posible metodología a seguir.

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Un pensamiento en “Lo que el Movimiento Estudiantil Olvidó: La Calidad de la Educación

  1. Muy buena iniciativa el blog. Es necesario seguir articulando el pensamiento crítico que hay dando vueltas. En cuanto a la calidad de la educación comparto el criterio que está únicamente supeditada a un fin utilitario, como se señala en la columna, aún más cuando en la actualidad la mentada calidad tiene que responder a la OCDE y juntamente con ella a las polìticas del Banco Mundial.

    Sin embargo, creo que las luchas por la gratuidad y la desmuncipalización en el sistema público (universitario y secundario respectivamente) y el fin del lucro en el sistema privado (en general) que parecieran estar, mediaticamente ahogando la discusión sobre calidad, tienen directa relación con esta en dos sentidos:

    1.- Fortalecer el aparato público, viene de la mano con volver a repensar justamente en la configuración del espacio público y como el conocimiento, en este contexto, debe ser ofrecido al servicio de las mayorías, con una visión constructora de país, de colectividad. En ese sentido la generación de conocimiento sería un bien que pasaría de ser coaptado utilitariamente (y en forma única) por la empresa privada a manos de un estado (que somos todos) responsable y conciente que el conocimiento debería convertirse en su principal riqueza.

    2.- El movimiento social por la educación ha sido muy enfático en señalar que no hay oposición al desenvolvimiento libre de la educación particular, pero como ésta es concebida como un negocio, las leyes fundamentales del mercado dicen que a menor costo de producción mayor ganancias (cosa que han señalado representantes estudiantiles como Francisco Figueroa) por lo cual, ese costo de producción reducido a su mínima expresión significa, obviamente, una merma en la calidad que entregan las instituciones educativas. Creo que las prácticas educativas, sin lugar a dudas, deben ser revisadas, pero indudablemente son una consecuencia de una configuración macro.

    Un saludo.
    Elías Navarro Leal

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