Los síntomas y desafíos que nos plantean los estudiantes en la posmodernidad

En la época que actualmente vivimos el estudiante es desconcentrado, ido, choqueado, “en otra” y mediatizado. Es difícil que alguno de los jóvenes de hoy, colegas, sea capaz de escribir uno o varios tratados en un tiempo relativo como lo hacían los modernos. Si antes se escribía, en cartas, cuadernos de notas, biografías, reflexiones, etc; hoy la escritura típica del posmoderno, es para mí, la de twitter y de facebook. Cuyos componentes están basados en reacciones mediadas en corto espacio, pocas palabras – en la mayoría de los casos con problemas de ortografía y redacción – y a eso se agrega un amplio uso de la imagen, que conlleva tales enunciados[1]. Información a mil revoluciones por segundo, o más preciso, información a la velocidad de la luz – no es metáfora, es literal – un bombardeo enorme nublador de la razón, el juicio y ante todo la reflexión. Por lo mismo la escritura de este nuevo sujeto-estudiante es la de un des-centrado, desde sí mismo carece de los hilos conductores propios de un trabajo meditado y bien asumido, transformándose en un sujeto que escribe desde la lectura instantánea que hace, una escritura que resulta simplona, carente de pensamiento y crítica. La postura del lector ante su escritura no es crítica, es sumisa. Es una escritura estomacal-subjetiva, carente de toda reflexión.

Irrisorio referente mediático

Reflexionar es para mí, un gesto de tiempo amplio, introspección, lectura y síntesis. Los tiempos que vivimos no nos dejan tales espacios. Por ello el estudiante se transforma en un mero agente consumidor y reproductor de discursos institucionalizados, hegemonizados, autorizados de la academia o la crítica “especializada” a la cual aspiran ingresar, ya sea marchando tras ellos o bien, desmarcándonos en la lucha por la hegemonía. De cualquier forma, el escritor de hoy es el resultado de una mala educación de la sociedad de consumo. Corto y acotado, información superficial, descripción mal intencionada del suceso, etc, una escritura que si sumamos es muchísima, fragmentaria a la velocidad de la luz, y a la misma se olvida, cuyo juicio es un simple “me gusta”. ¿Producción de escombros? No hay tiempo, el tiempo se transforma en algo que se debe ganar, ¿vale la pena ganar/perder tiempo en escribir?

El cambio de época es evidente, Déotte sabe muy bien desde su crítica al museo, que pasamos de la modernidad a la posmodernidad, y casi pasamos por alto todo esto. Los síntomas[2] o señales de la nueva época tienen que ver con cómo “la informatización del saber y de la memoria”, son el surgimiento de una nueva “superficie de inscripción”, en donde el “discurso ha aprendido a encadenar sobre lo no-discursivo  y sobre los archivos” (Déotte, 134-135). Y además con la “incapacidad de instalar un movimiento de la formación de la sociedad”, o sea, “la ausencia de destino de las singularidades; tanto la crisis de la memoria colectiva como la irrupción del asesinato en masa; tanto la hipótesis de la suspensión del mundo como la ficción del apocalipsis” (Déotte, 135). Lo que Déotte nos quiere decir, es que los saberes o conocimiento pasan a ser informatizaciones instantáneas, lo mismo que con la memoria; que deviene además en una crisis de la memoria colectiva. Ambas formas de rememoración están jaqueadas, en crisis, a causa de los desplazamientos e informatizaciones. Ahora bien, este desmantelamiento del cuerpo cívico genera según Déotte, el efecto de que los sujetos ya no pueden “encontrar en el arte su destino, sino sólo la pregunta por este último. En que el crimen, la destrucción, la disolución de las comunidades no-políticas era la fuente de los bienes culturales” en donde la mutilación de los héroes y muerte de los dioses impide todo tipo de “identificación colectiva en provecho de una ensoñación del interior, ocupándose de la ficción de la pérdida de todo referente externo” (Déotte, 135).

El arte – como la religión – en la posmodernidad ya no es capaz de integrar al sujeto, pues esta época se disocia consigo misma, en que la cultura es colección de colecciones. Esta disociación de la posmodernidad consigo misma se traduce u observa en la creación de bienes culturales, la cual tiene en Déotte un doble movimiento contradictorio, por un lado es desmovilización de la humanidad, y por el otro un tipo diferente de movilización expresada en el lenguaje, la información y la comunicación. De ahí que un principio sea la “movilización total”, la cual se mantiene a sí misma como voluntad, hasta “movilizar nuestro mismo sitio, el lenguaje, por la información, por la comunicación…y al mismo tiempo abandona y deja eriazos sitios considerables: bienes (de culto), territorios, idiomas, etnias, Estados-Nación, etc” (Déotte, 139). Déotte también deduce en base a este cambio de época, que ahora es posible encontrarnos con desplazamientos tales de nuestra época, en que “ el fin de la tradición oral, el fin de los territorios, la industrialización, la mundialización, hacen posibles una cosmética general” (Déotte, 138). Estos son los resultados de los síntomas de la nueva época, la emancipación posmoderna está en base a la idea de la falta de alteridad, en tanto se manifiesta como “flujo entramado”, cuya movilización se caracteriza por un movimiento “desde y con” el centro hacia nuevos márgenes permeables. En el fondo la tesis que Déotte plantea acerca de esta nueva emancipación moderna, cuyo signo es la movilización, genera un cambio en la ruina; ruinas que ya no son las “idolas” de Bacon, sino más bien un flujo de cambio en la movilización total que “redefine contantemente sus límites (lo inmovilizable) y genera su sombra caricatural (su desestimiento)” (Déotte, 139). No puede haber nada fijo, nada permanente, ni siquiera las personalidades en formación de los estudiantes, las cuales, hoy muy poco les queda de colectivas e individuales, sino que son partículas en desplazamiento.

La posmodernidad se transforma, como época sintomática, en un escollo, en un complejo y una dificultad mayor para nosotros, como futuros docentes. Pero es también un desafío. En un artículo anterior mencioné idealistamente que el arte, era una forma de levantar los niveles de consciencia de los jóvenes y ennoblecerlos, además de generar en ellos la posibilidad de formarse como sujetos críticos, ahora sigo en esa línea, pero más acotada a nuestra época, pues para llegar a generar en ellos ese interés por el arte, es necesario “darles tiempo”. Me refiero a que sus consciencias logren “diferir el tiempo”, que logren un lugar apartado, que les permita integrar en ellos las millones de estimulaciones informativas, de los medios y la publicidad, que a cada segundo les llegan. El profesor de estos tiempos, tiene que generar ese “inter-espacio”, ese lugar para desarrollar en los estudiantes la capacidad de reflexión. En el caso de los profesores de lenguaje, tenemos que tomar las expresiones simbólicas virtuales que permean diariamente en la comunicación activa de nuestros estudiantes, y transformarla en una forma crítica de acceder al conocimiento. Esta es una nueva arista o punto de partida, como profesores de las décadas que vienen – carentes de toda filosofía – esta es una forma de sanar en nuestros estudiantes los síntomas que nuestro tiempo acarrea, es precisamente la labor pedagógica.

Bibliografía:

Déotte,  Jean Louis: Catástrofe y olvido. Santiago, Editorial Cuarto Propio, 1998.


[1] Podríamos llamar “enunciados” a lo que los jóvenes escriben en las redes sociales, pero más que eso, son seudo-enunciados informativos, en los cuales expresan cosas tan banales como: “me estoy tomando un café”, o bien “me siento solo”, etc. Expresiones subjetivas, en donde algunas rayan en lo patético y absurdo. Sin embargo, tales “estados” son normales, y los jóvenes se comentan entre ellos eso, sin llegar a ninguna verdad nueva, sino que más de lo mismo. Eso por un lado, por el otro, la alta mediatización que sufren los estudiantes, y digo sufren, porque no tienen más alternativa. Aquí llegamos al enunciado propiamente seudo-informativo, expresan digamos “sucesos instantáneos” que reproducen de otros medios dudosos, como los diarios online, incluso los diarios oficiales como “Las últimas noticias” o “La segunda”, los cuales dejan mucho que desear. Es en fin, la expresión simbólica virtual como forma de comunicación activa entre los jóvenes, un tipo de expresión-enunciado escrito, que carece de los formalismos propios de la escritura, cuyas temáticas nada tienen que ver con el conocimiento. Es una forma oral de comunicación traspasada a la escritura.

[2] Síntoma o señal como marca que expresa la enfermedad de la época, luego de un proceso de “auscultación”, que es análoga a la reflexión.

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2 pensamientos en “Los síntomas y desafíos que nos plantean los estudiantes en la posmodernidad

  1. Bastante de acuerdo con tu mirada, Carlos. Me parece muy acertada la propuesta para el docente, buscar generar en el estudiante un tiempo, un breve momento en que pueda ensimismarse y ponerse de acuerdo consigo mismo. Pienso que la meditación en cada clase, la relajación y la introspección se hacen tan necesarios e imprescindibles como la interacción que mencionaba en el articulo de la semana pasada entre el profesor y el estudiante. Quizás ya no es simplemente compartir el vinculo virtual que de a poco desmiembra la mente del estudiante sino intentar enseñarle, a través del ejemplo, a sobrevivir a este proceso posmodernizante de la globalización.

  2. Pingback: ¿A qué nos referimos cuando decimos “alumnos críticos”? « Investigación y Docencia

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