¿Subestimamos a nuestros estudiantes? [segunda parte]

Cuando subestimamos a alguien lo que hacemos es mirarlo y entenderlo con capacidades que no son las suyas. Lo vemos con capacidades reducidas, minimizadas. Viéndolo de este modo, esperamos menos de ese alguien a quien subestimamos, menospreciamos; y por consiguiente, le pedimos menos, le exigimos menos. Debido a ello, este alguien es incapaz de mostrar sus verdaderos potenciales frente a nosotros pues permanentemente lo sesgamos y le impedimos darse a conocer completamente. Así, al subestimar a un sujeto lo que hacemos es aniquilar su posibilidad de entrar en nuestro mundo de manera correcta, libre. Solo le permitimos asomarse a nuestro mundo de una manera casi formal, sin llegar a conocerlo nunca.

Cuando se establecen grupos de trabajo, los sujetos eligen a sus compañeros en función del conocimiento que tienen de ellos. Por ende, llaman primeramente a quienes saben de antemano, trabajan bien y mejor; expedita y eficientemente. En ocasiones, también se elige a alguien por alguna cualidad destacada. Sin embargo, existen sujetos que no elegimos pues sabemos de antemano alguna característica negativa en su manera de trabajar (flojera, dispersión mental, falta de claridad, etc.). Y es entendible, pero también dejamos de elegir a quienes no conocemos, precisamente porque no esperamos que sean grandes colaboradores; aunque de ello no tenemos ni idea. Estas situaciones nos acompañan a lo largo de todas nuestras vidas.

Si es la escuela donde aprendemos las practicas que luego desarrollamos en nuestras vidas y, mas aun, la manera en que llevamos a cabo dichas practicas, entonces, es ahí donde se debe cambiar el trabajo. Si un profesor exige poco a sus alumnos, poco obtiene: la ecuación es simple. Si un sistema exige poco, poco obtiene.  Al sistema puede servirle; al estudiante no.

Muy probablemente generar alumnos estúpidos es un ideal del sistema económico-productivo de nuestro país, donde únicamente se orienta a los jóvenes a dos áreas laborales: la de extracción y la de servicios. La productiva, elaborativa esta dejada de lado, y es precisamente en ella donde un país se distingue; pero en fin, eso es harina de otro costal. A lo que voy es a que si el profesor no demuestra un interés mayor en el alumno a la hora de enseñar, poco van a cambiar las cosas.

Si elijo al alumno para una tarea que ni él espera realizar, y deposito mi confianza en él, el alumno se sentirá parte de una relación profesor-alumno y, por consiguiente, será capaz de generar ese mismo esquema de relaciones, será capaz de confiar en el otro y depositar su confianza en él. Del mismo modo, si el profesor confía en el estudiante que tiene mala reputación, los demás alumnos también lo harán. No digo que sea fácil conseguir los resultados, pero tampoco es una empresa imposible. Al confiar en el estudiante abrimos una puerta a sus compañeros para que entren en contacto, para que se conozcan, para que interactúen. Si confiamos en un estudiante abrimos también la puerta para que sus padres sientan que su hijo es valorado por otros y muchas veces, para que sus padres comiencen también a confiar en él. si confiamos en un estudiante, confiamos en una persona, en un sujeto, que a la postre será capaz de responder pactos de confianza que genere con otros y para otros; lo haremos una mejor persona.

Pienso que es una cuestión (muy probablemente no tan simple como aquí la pinto) de saber decirle al padre del estudiante “su hijo tiene un dos porque es lo que demostró en su prueba, si quiere mejorar, usted tiene que confiar en él la próxima vez y dejar de venir a pedirme que le suba las notas”. Y saber también decirle al estudiante a veces “ustedes no fallaron, fui yo quien enseñó, quien abordó mal los contenidos y probablemente por ello sus resultados sean malos; es algo que arreglaremos juntos”. No se trata siempre de adjudicarse la culpa, sino también de evitar que los estudiantes se sientan menospreciados, subestimados cuando se les regala una nota. 

Por ultimo, la proactividad en la relación profesor-estudiante de parte del profesor; cuando llama a generar una confianza entre ambos, cuando busca demostrar al estudiante que no es un alumno, que no carece de luz y que es perfectamente capaz de aprender y mejorar en el tiempo; es vital a la hora de repensar las relaciones que se dan tanto dentro como fuera del aula, en la medida en que tanto profesor como estudiante deben confiar el uno en el otro para poder permitirse aprehender tanto de lo académico como de lo empírico del otro. Al igual que con la internet, las redes y la tecnología, el profesor debe acercarse constantemente al estudiante para motivarlo a permanecer en el aula, para que, producto de aquella relación que ha establecido con su profesor, no sienta deseo de huir de la escuela y entienda que en ella existen sujetos que no solo lo tienen allí por ley, o porque hay un incentivo económico; sino porque confían en que él es el cambio del mañana y él tiene la capacidad de cambiar y mejorar el país donde vive.

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Un pensamiento en “¿Subestimamos a nuestros estudiantes? [segunda parte]

  1. Las altas expectativas son clave a la hora de posicionarse desde el rol de maestro. Eso está comprobado y muy bien expuesto en este artículo.

    Al igual que al autor, me preocupa la confusión que se arma en nuestro sistema evaluativo a la hora de adjudicarse las culpas. La PSU bajó y es culpa de la educación, de los colegios, de los curas, del estado, del gobierno de turno, etc… Hubo un 60% de reprobación y es culpa de los alumnos, de la profesora, del director, de la inspectora, de los padres y bla bla bla… Mucha culpa y poco remedial… típico!

    Para entender lo que significa una evaluación debemos ahondar en el tema. Hacer una prueba y tener al curso entero reprobado no significa necesariamente que no supe explicar (claramente puede ser la opción más clara y en ese caso yo, como docente, debo reflexionar y reformular mi práctica), también puede significar que el error se cometió en la planificación y no en la ejecución.

    Un ejemplo: Hasta hace un par de años (y aún) habían docentes que enseñaban los recursos NO VERBALES del habla en la pizarra, a través del lenguaje VERBAL.
    Jajajaja
    ¿En serio?
    ¿Es… en serio?
    Porque no lo parece.
    Si se quiere enseñar los recursos orales NO VERBALES, primero se debe dejar que el estudiante hable. Segundo, que descubra (relacionándose con los demás) el conocimiento y la técnica implícita. Finalmente preocuparse de guiar y asegurarse de facilitarle vivir el proceso metacognitivo en el que se dé cuenta, colectiva y personalmente, si aprendió o no.

    La evaluación es central. Si quiero ser un buen docente debo aprender a alinear lo que enseño con mi evaluación. Las notas en las pruebas, los puntajes SIMCE, la PSU subirán solas… lo que pasa es que aún son muy pocos los que se atreven a probar, porque es sencillo revisar una prueba de alternativas… mucho más sencillo que tomarse el tiempo de enseñar a otr@s a expresarse… a crear sus propias metas… a fijar sus propios objetivos… a construir sus propios indicadores… realmente es fácil, colegas, solo basta sentarse a pensar un rato si estamos siendo coherentes o no…

    Ah! y por favor, no caigamos en el auto-engaño, porque es el primer paso para transformarnos en lo que criticamos. Consecuencia, colegas, consecuencia.

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