La educación de calidad en Chile podría terminar en el rincón del museo

Así es, si los problemas educativos siguen como van en nuestro país, en donde toda institución  de saber pasa por ser una mera mercancía, estaríamos llegando a un caso extremo y terrible, en donde todos los valores humanistas, todo intento de rehabilitar educativamente nuestra sociedad, serían con suerte parte de la historia de un olvidado museo. La educación en Chile ha perdido toda capacidad de incidencia social, es un mero reflejo automatizante que prepara técnicos calificados o ineptos para la industria cultural. Las instituciones educativas en Chile acaban con nuestra posibilidad de profanar, y con ello, con nuestras capacidades creativas. 

Para entender estos conceptos, que Agamben en su ensayo “Elogio a la profanación” utiliza, hay que entender cómo llega a la idea de religión capitalista, la cual se expresa en el museo. La reflexión de Agamben parte con las nociones de profanar y consagrar. Así consagrar para Agamben, era el término que con que se designaba la salida de las cosas de la esfera del derecho humano de uso, profanar significaba por el contrario “restituirlos al libre uso de los hombres” (Agamben, 97). En este sentido, este autor, entiende a la religión como aquello que sustrae cosas, lugares, animales o personas del uso común y los transfiere a una esfera separada, por ello toda separación contiene en sí un núcleo auténticamente religioso. Este paso de lo humano a lo divino se da por medio de un dispositivo que realiza y regula la separación: el sacrificio; a través de una serie de rituales minuciosos. Sin embargo, lo que ha sido ritualmente separado, puede ser restituido por el rito a la esfera profana.

Por su parte, el término religio no deriva de religare, sino de relegere, “que indica la actitud de escrúpulo y de atención que debe imprimirse a las relaciones con los dioses” (Agamben, 99), para respetar la separación de lo sagrado y lo profano. Entonces religio no es lo que une, según Agamben, a humanos y dioses, sino lo que vela para mantenerlos separados, distintos unos de otros. Por ello profanar significa abrir una posibilidad negligente que ignore esta separación, para hacer uso particular de ella. Lo sagrado y lo profano representan en el sacrificio, un sistema de dos polos, en los cuales “un significante flotante transita de un ámbito al otro sin dejar de referirse al mismo objeto” (Agamben, 103).

Ahora bien, este autor conecta su reflexión con la idea de Benjamin de pensar el capitalismo como una religión, en el sentido de que se desarrolla de forma parasitaria a partir del cristianismo. Posee tres características: es cultual de forma extrema, todo en ella refiere al culto; es un culto permanente sin tregua ni respiro, la fiesta y las vacaciones integran el culto mismo; y este culto capitalista no está dirigido a la redención, no la hay, todo es culpa, es culpabilizante. En este sentido el capitalismo como religión no busca ni la esperanza, ni la redención, todo es destrucción y desesperación. Esto se explica, dado que en el capitalismo hay un constante proceso de escisión, de separación, en donde inviste cada cosa y actividad humana en un constante proceso de separación indiferente. En forma pura y abstracta el capitalismo sólo separa, aun cuando no haya nada que separar. Esto es la mercancía, que como tal, se separa del objeto mismo, transformándose en un fetiche inaprensible, de forma tal que todo lo actuado y producido como el lenguaje “son divididos de sí mismos y desplazados a una esfera separada que ya no define alguna división sustancial y en la cual cada uso se vuelve duraderamente imposible” (Agamben, 107), esto es lo que se conoce como “consumo”. Y a eso, Agamben, añade el espectáculo en donde cada cosa es exhibida separada de sí misma, “entonces espectáculo y consumo son las dos caras de una única imposibilidad de usar” (Agamben, 107).

Demás está decir la porquería que ha degenerado la educación privada en Chile, en donde las instituciones llenan las ciudades y medios de publicidad verborreica para atraer jóvenes descuidados. Espacios educativos están así listos en la parrilla, listos para ser consumidos, y sobre expuestos espectacularmente en imágenes sacadas de toda realidad en la publicidad, imágenes que las consagran como lugares de culto, en donde los seudoestudiantes deben pagar un alto precio por acercarse a sus reliquias.

Ahora bien, todo este rodeo previo es importante para llegar al concepto en donde esta imposibilidad de usar, tiene hoy su lugar tópico en el Museo. “La museificación del mundo es hoy un hecho consumado” (Agamben, 109). Todas las potencias espirituales como el arte, la religión, la filosofía han ido poco a poco integrando el lugar del museo. Con “Museo”, Agamben no se refiere a un lugar físico determinado, sino más bien la dimensión separada a la cual se le transfiere lo que alguna vez fue percibido como verdadero y decisivo, pero que ya no lo es. De esta forma todo puede convertirse en museo hoy en día, y es precisamente allí donde está la analogía entre capitalismo y religión. El museo para Agamben ocupa exactamente el espacio y la función del Templo como el lugar del sacrificio. De aquí la noción del “peregrino”, el cual recorría un largo viaje espiritual hacia y en el templo, por ejemplo, con el peregrinaje que hacían los fieles hacia Santiago de Compostela, se “corresponden hoy los turistas, que viajan sin paz en un mundo enajenado en Museo” (Agamben, 110). La diferencia, entonces, se establece en que los fieles y peregrinos participaban de un sacrificio, separando la víctima de la esfera sagrada restableciendo las relaciones entre lo divino y lo humano, los turistas, en cambio, celebran sobre su persona un acto sacrificial que consiste en “la angustiosa experiencia de la destrucción de todo uso posible” (Agamben, 110). Estos turistas no tienen lugar sobre la tierra, para los cristianos la vida era el viaje hacia la salvación de su lugar en el cielo, hoy los turistas viajan sin lugar propio porque viven en la pura forma de la separación. En todos sus viajes los turistas encuentran la misma incapacidad de habitar que sentían en sus lugares de origen, la misma incapacidad de usar que encontraban en sus supermercados, en los espectáculos televisivos,  en los mall, y por qué no decirlo, en las instituciones privadas educativas de Chile también. El turismo en sí mismo es además una industria, y esa es la absoluta imposibilidad de profanar.

Sin embargo, Agamben nos da una salida para estos nuevos peregrinos que son los turistas, la posibilidad del juego; el cual consiste en liberar un comportamiento en una esfera determinada. Por ejemplo un gato, que juega a cazar una bola, una pelota, simulando el ratón, en donde pone en acto todas sus capacidades predadoras, un simulacro de la caza, que desactiva el hecho de consumo mismo. Entonces, este comportamiento liberado imita las formas de la actividad de que se ha emancipado, pero vaciándolas de su sentido y de la relación obligada a un fin, las abre y dispone a un nuevo uso como nos dice Agamben. Esto quiere decir que la actividad resulta por medio del juego a un medio puro, a una praxis que mantiene su naturaleza de medio, que se ha emancipado de su relación con un fin, “ha olvidado alegremente su objetivo y ahora puede exhibirse como tal, como medio sin fin” (Agamben, 112). La creación de un nuevo uso de los objetos es posible si el sujeto es capaz de desactivarlos de su viejo uso, volviéndolo inoperante. Este nuevo uso es precisamente el acto de profanar, en donde la reunión de los objetos a la esfera humana pasa también por hacer un nuevo uso de ellos.

¿Es posible profanar toda la industria educativa chilena? ¿Cómo ponerla en juego para desactivar sus mecanismos alienantes? Una posible solución para nosotros como docentes, es poner en juego sus aparatajes de consagración publicitaria. Llevar a una tensión máxima aquello, como un juguete, hay que arrancarles los dispositivos que ellos han capturado, como nos enseña Agamben, nuestra tarea política como profesores, es en parte esa, la profanación de lo improfanable. De lo contrario todo seguirá como hasta ahora, en donde la educación que soñamos será parte del museo, y nuestros estudiantes terminarán siendo capturados por estos oscuros sacerdotes, sin redención alguna. Deudas eternas.

Bibliografía:

Giorgio Agamben. “Elogio a la profanación” en “Profanaciones”. Buenos Aires: 2005.

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