La búsqueda de nuestra normalidad.

“El hombre que no percibe el drama de su propio fin no está en la normalidad sino en la patología, y tendría que tenderse en la camilla y dejarse curar.

Carl Gustav Jung

Siempre es (y será) complejo definir de manera objetiva lo que es “normal”, y más aún en el ámbito educativo. Establecer un criterio válido para entender aquello aceptable en el aula y en el entorno pedagógico, es la tarea que debemos cumplir a diario. Pero si decidimos que la normalidad se establece desde las generalidades, o desde las prácticas, podemos empezar a naturalizar hechos que distan de un concepto de normalidad puramente educativa o pedagógica.

Claramente lo “normal” la mayor de las veces tiende a ser una utopía y se plantea de la manera en cómo estamos actuando, es decir, la medida de la normalidad es la realidad (para bien o para mal). La normalización apunta o tiende a una homogenización del medio en el cual nos movemos, a generar un tipo de consenso cultural o social. Ahora, si lo vemos desde un punto de vista puramente hipotético, nuestra labor pedagógica ya etimológicamente establece y nos señala nuestra normalidad, es decir, simplemente debemos conducir a los niños o jóvenes, guiarlos en su proceso de crecimiento y maduración, o si queremos seguir el concepto de educación, es extraer o sacar de ellos lo mejor que tienen, potenciar al máximo sus capacidades. Eso es lo que se esperaría como base de la práctica de cualquier docente, sería nuestro idealismo educativo.

Retomo lo dicho al inicio; el problema actual derivaría del hecho en el cual estamos naturalizando a diario acciones, discursos y pensamientos ajenos a nuestro rol como profesores, es decir, la normalidad la vamos convirtiendo en la excepción. Notable paradoja, dado que como señalé anteriormente, lo normal (o más bien dicho la normalidad) es una construcción hecha en base a los criterios impuestos por la misma sociedad, aun cuando esta sea una de tantas definiciones sobre el concepto. Lo complejo de este proceso, es que podríamos a la larga modificar el paradigma educativo, permitiendo que factores exopedagógicos interfieran en nuestra labor.

"Estamos naturalizando a diario acciones, discursos y pensamientos ajenos a nuestro rol como profesores, es decir, la normalidad la vamos convirtiendo en la excepción"

Ahora, esto no implica por ningún motivo una resistencia obcecada al   cambio, sino más bien pone un tono de alerta frente a lo que estamos haciendo continuamente en nuestras aulas. ¿Y cuál es el nuevo concepto de normalidad que se está formando? La inclusión de un modelo de mercado en nuestro país, ha conducido a la formación de un analógico mercado docente, el cual establece sus criterios a partir de cómo funciona dicha lógica mercantil; producir para  generar resultados. Las mediciones estandarizadas se centran en aquel leit motiv, por tanto, la generación de cualquier otro tipo de respuesta se va anulando sistemáticamente. Lo peligroso es cuando los propios docentes, entrampados en la acción, se van olvidando del concepto original, para adoptar de manera errónea el estado actual de las cosas.

¿Cómo se manifiesta dicho nuevo paradigma? Tanto el alumno como el docente se desligan de su rol, asumiendo nuevos papeles de cliente y mero reproductor de contenidos respectivamente. El profesor alienado por las condiciones construidas para él por el sistema, va convirtiendo al alumno en un enemigo, un estorbo para sus planes o un ser sin capacidad de mejorar o aprender (en los casos más extremos). Por otro lado, los educandos van perdiendo el foco de su propio aprendizaje, y asumiendo la escuela como una obligación, y no un lugar de desarrollo integral y crecimiento sostenido, poniéndolo en una posición de constante ataque. La naturalización y adopción de esta mirada está llevándonos a un peligroso camino, del que si no tomamos precauciones, tal vez no podamos volver.

El desafío está en cuestionar la normalidad que se nos impone, y proponer nuestra visión profesional. Para ello el docente debería volver a tomar su rol base, y reconectarse con la figura del pedagogo, estableciendo un vínculo fuerte y enriquecedor con sus alumnos. Esta postura implica a veces contravenir de cierta manera los dictámenes del establecimiento educativo (o de los padres), y por extensión, los de las propias políticas educativas implantadas por el gobierno de turno. Lógica perversa, ya que desde el miedo y la presión, generamos una pérdida del  “ideal” educativo.

Ahora, más que nunca, el docente debe mostrarse estoico, y no dejarse embelesar por las flautas del mercado, y empoderarse del papel que le corresponde. El cuestionamiento del status quo permite convertir al profesor en un ente reflexivo, crítico y activo en su acción pedagógica, y el que finalmente establecerá (junto a su alumno), el paradigma de la educación en su esencia más pura.

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Acerca de Hugo Hinojosa

Licenciado en Literatura, cuasi publicista, estudiante de magister en didáctica, profesor de lenguaje y comunicación.

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