Pensamientos de un practicante

Este breve ensayo da cuenta de lo que han sido estos meses de práctica en el Liceo Confederación Suiza, el cual refleja la realidad de muchos liceos municipales de nuestro país. De antemano advierto al lector que mucho de lo que aquí escribí le podrá parecer fuerte, o de tono pesado, pero tómese la molestia de comprender que tan sólo son observaciones hechas por este joven profesor.

“¿Dónde quedó el espíritu humanista? ¿Dónde están los ideales de la revolución francesa, de la revolución marxista, de las nuevas formas de pedagogía? ¿De qué forma se desarrolla el potencial de los sujetos? ¿Es acaso la escuela del siglo XXI la fábrica de los sujetos codificados que perpetuarán los engranajes del sistema?”

El primer día que ingresé al colegio, fue cuando mis compañeros y yo nos presentamos, me sentí completamente un extraño, un forastero en ese medio, tal y como escribe Alfred Schutz: “El forastero, en cambio, se ve ante el hecho de no tener ningún status como miembro del grupo social al que está a punto de incorporarse y carecer, por ende, de un punto de partida para orientarse” (Schutz). Me sentía perplejo y lleno de dudas al tener que volver después de muchos años al colegio. Pero esta vez era distinto, ya no era alumno, sino un miserable practicante. Ese peyorativo lo utilizo deliberadamente, con toda la carga emocional que posee, pues en toda la práctica me he sentido atado de manos y en un profundo estado depresivo. Pero iré por parte.

Conocer a la profesora Guía fue un agrado, ella es una persona de mucha experiencia y ha sido muy agradable compartir sus clases estos meses en el aula. Me extiendo un poco, para caracterizarla, si bien no creo mucho que el tipo de profesor guía marque nuestra labor, pienso que ella ha sido un factor relevante. Asistir a sus clases me ha enseñado muchísimo, más de lo que ella misma puede siquiera imaginar, no porque sea buena o mala profesora, ni por sus técnicas y didácticas, sino porque representa para mí un paradigma. Ella es el tipo de profesor que tuve en el colegio. Y me sorprende que casi diez años después y luego de tantos cuestionamientos siga existiendo esa misma “forma” de pedagogía. Ella representa consciente o inconscientemente todo lo que detesto de la pedagogía. Ella es el tipo (como estereotipo) de profesor que debe y está muriendo. Lentamente, y no en un sentido negativo, sino como paradigma, como pedagogía, como actividad laboral y forma que llega a su ocaso. Persistir en esas formas es caer en el fracaso. La escuela no debe permitirse seguir en esos lineamientos, sino por el contrario, evolucionar, avanzar hacia una nueva enseñanza[1]. En ella veo un mundo, una sociedad, una cultura educativa que muere, con todas las glorias y penas, pero ya no más. De sus cenizas debe elevarse un nuevo mundo, una nueva sociedad, y por qué no, un nuevo tipo de profesor que sienta y vibre con la tierra, con esta sociedad capitalista, que sea crítico y que en su corazón habite el cosmos de una sociedad sin fronteras, que eduque a los jóvenes no en un conocimiento disciplinar, sino como seres humanos integrales.

“Ellos necesitan una buena y nueva enseñanza, eso me han mostrado, que una educación gratis y de calidad no son palabras al viento de una loca protesta, sino que es algo que puede ser real, son diamantes en bruto, disponibles con todas sus energías, listos para cambiar el mundo, y tan solo esperan que llegue la mecha necesaria que los encienda, y dicha mecha debe ser el maestro”

Personalmente, mis primeras impresiones fueron racionales, al máximo, pero con el pasar de las semanas, me fui adentrando y percibiendo las vibraciones de ese mundo, de los jóvenes y sus maestros. Partículas estallando en las infinidades del cosmos, yo no existo en ese lugar, salvo por la precaria “etiqueta” de “practicante”, pero por otro lado me da el privilegio de mantenerme ahí, atento, observador pasivo, que por mis poros percibo el aire enrarecido, aquel microcosmos, somos energía moviéndonos, entregándonos, y por más pasiva que sea mi actividad en ese lugar, puedo aprender, sentir el “espíritu de una época”: la decadencia cultural de occidente. El peso de toda una historia en nuestro país. Dicha institución es reflejo de cientos de otras, y las veo desde mi subjetividad crítica como ruinas, escombros o algo inconcluso que quedó embellecido por el fracaso de sus intentos que no fueron. ¿Dónde quedó el espíritu humanista? ¿Dónde están los ideales de la revolución francesa, de la revolución marxista, de las nuevas formas de pedagogía? ¿De qué forma se desarrolla el potencial de los sujetos? ¿Es acaso la escuela del siglo XXI la fábrica de los sujetos codificados que perpetuarán los engranajes del sistema?

Lo repito, sufrí fuertes impresiones al adentrarme en el ambiente escolar. Lo cual como he escrito me ha llevado por muchísimas reflexiones, aleatorias, desviaciones, cuestionamientos y en desorden caótico como este escrito, que intenta de la mejor/peor forma dar a entender(me) en el contexto escolar. Mi relación con el mundo de los docentes y funcionarios del colegio ha sido muy buena, con el alumnado también. El conflicto se produce, entonces, entre mis suposiciones, mi mundo construido y el mundo escolar. Ya no soy actor, sino que observador[3], que mira en los jóvenes al joven que fui, que percibe en ellos la misma confusión que sufrí y que observo plenamente como el sistema de clases que se les entrega no es el adecuado para ellos. Sin exagerar siento que les están matando el alma. De ahí radica mi sentimiento de frustración y mi condición de practicante miserable, pues no es mucho o nada lo que puedo aportar en estos momentos para cambiar la situación. Es tremendamente conflictivo todo, sumado a ello el enorme grado de inconsciencia en que se realiza el quehacer educativo. Viví ese mundo alguna vez, fui parte activa como alumno de ese tipo de jerarquías educacionales. Un espacio cerrado lleno de reglas, burocracias, imposiciones, coerciones, trampas y mundos vedados. Tampoco fui, en mi época, consciente de los conflictos, como los jóvenes que observo en mis somnolientas horas de práctica; pero si algo admiro de estos chicos, y que no había en mi época de manera tan marcada, es el carácter crítico y de conexión con y en lo social que tienen.  Saben que como estudiantes son ciudadanos, partes de un todo, de una sociedad que los afecta y que ellos a su vez influyen, y aquello que los motiva a salir a las calles, es justo y válido, por ello observo que poseen un fuerte espíritu crítico, que están más despiertos que sus antecesores.

Ellos necesitan una buena y nueva enseñanza, eso me han mostrado, que una educación gratis y de calidad no son palabras al viento de una loca protesta, sino que es algo que puede ser real, son diamantes en bruto, disponibles con todas sus energías, listos para cambiar el mundo, y tan solo esperan que llegue la mecha necesaria que los encienda, y dicha mecha debe ser el maestro, el nuevo tipo de maestro del que escribí antes.

Ahora bien, dentro del aula en mis horas de práctica, he vivido muchos momentos intensos, llenos de sorpresa y complejidades. Destaco uno de ellos. Una de las primeras clases a las que asistí en mi práctica, refiere a un episodio en específico, el cual ha sido el climax de una situación compleja y permanente en todas las clases que he observado. Este episodio lo denomino “simulacro de clase”, es una especie de juego, en donde el alumno “hace como que escucha” a la profesora que habla sin importarle del todo que el alumno aprenda. La situación o complejidad permanente que observo en el aula es el enorme desgasto de energía que la profesora hace para mantener al curso sosegado y en silencio para que escuchen la clase, la cual comienza desde el momento en que ella ingresa al aula, durante el paso de la lista y en el transcurso de la clase misma. Dicho “estado” de permanente escucha a la clase expositiva[4] muy pocas veces resulta, y se pierde el valioso tiempo en una constante interpelación de la profesora a los alumnos, para que estos se mantengan en un estado de concentración. Eso es complejo, pues en las mentes de los jóvenes, la concentración constante es difícil, pocas veces se da. Pero ello insiste, ahí radica un conflicto permanente. Los estudiantes nunca llegan a conectarse del todo con la dinámica de enseñanza que la profesora propone, pues la clase no les “significa” nada trascendental y significativo en sus vidas, y el conocimiento lo perciben de forma aislada, árido, sepulcral, como ruinas y fragmentos de un saber que alguna vez significó, y que para ellos, en el mejor de los casos les será útil para rendir su “PSU”.

En ese contexto de clases – situación permanente – una alumna no paraba de reírse y conversar con su compañera, entonces la profesora cansada de tanta interrupción decide increparla, para hacerle entender de una vez que cuando ella habla debe guardar silencio, pero el punto de quiebre recae en el hecho de que la propia profesora le dice: “tú ya sabes como es esto, si no deseas escuchar, entonces calla y has como que escuchas”. En ese punto, en ese preciso instante, la clase deja de ser lo que vulgarmente se conoce por clase, y pasa a ser cualquier otra cosa. Una estancia de los cuerpos, cuerpos sentados, sin goce ni reacción, una estancia obligada de esos cuerpos juveniles postrados en el aula. Nada les pasa con el conocimiento, nada pasa ahí en ellos. Podría ser más específico, y pensar que a “algunos” de ellos, en tanto cuerpos perpetuados en el aula, sufren de una evasión de la clase, otros en cambio demuestran interés, pero es ante todo, complejo. Al menos hay, efectivamente, un grupo de alumnos que debe vivir el “simulacro de clase”, quedarse en el aula, estáticos, anestesiados, perdiendo el tiempo, haciendo como que escuchan, algo, un murmullo, una voz jerárquica y superior de cuyos labios se supone que emana algún saber, que no tiene utilidad ni interés en ellos.

“En ese contexto de clases – situación permanente – una alumna no paraba de reírse y conversar con su compañera, entonces la profesora cansada de tanta interrupción decide increparla, para hacerle entender de una vez que cuando ella habla debe guardar silencio, pero el punto de quiebre recae en el hecho de que la propia profesora le dice: “tú ya sabes como es esto, si no deseas escuchar, entonces calla y has como que escuchas”. En ese punto, en ese preciso instante, la clase deja de ser lo que vulgarmente se conoce por clase, y pasa a ser cualquier otra cosa”

Cabe entonces preguntarse, ¿de qué manera reciben ellos el conocimiento? ¿cómo se enfrentan los alumnos con los profesores?, ¿la relación profesor alumno es simétrica o asimétrica?, ¿hay diálogo ameno y fructífero entre las partes? ¿más aun, hay diálogo?, ¿comunicación real o simple comunicación? Por comunicación real, me refiero a aquella en que ambas partes poseen la suficiente empatía, como para ponerse en el lugar del otro/a. ¿Cómo lograr dicha empatía, en un contexto tan complejo? ¿De qué manera se percibe el aprendizaje? Por parte de los docentes y por parte de los estudiantes.

Por ello me centro ahora en el tema de la relación “profesor-alumno”. ¿Cómo es en el contexto de la clase? ¿Existe otro tipo de relación fuera del aula? ¿De qué forma se lleva a cabo esta relación? Todas estas preguntas abren aspectos de observación y estudio. Y cada una de ellas puede levantarse como una pregunta “cualitativa”. Podría intentar resolver algunas, pero insisto que cada una de ellas me lleva hacia diversos enfoques y conceptos con los cuales debiese trabajar para resolver estos asuntos. Según mis propias observaciones la relación entre alumnos y profesores está resguardada por “espacios” y “contextos” que la sitúan y movilizan u obstaculizan. La sala de profesores, a la cual como practicante tengo acceso, es un espacio vedado para los alumnos, y en la cual las relaciones, discusiones, y programaciones se da entre los profesores. El patio, por el contrario, es un ambiente para los alumnos, allí ellos hacen lo que desean y se relacionan entre ellos en sus propias dinámicas de juego y trabajo. Dos espacios que no se cruzan ni se tocan, a los alumnos se les prohíben el paso a la sala de los profesores, y los docentes no comparten con los alumnos en el patio, cada uno enmarcado física y temporalmente. Entonces queda que el único lugar –espacio o contexto – en que ambas partes se relacionan es en la sala de clases, en las horas de clases.

Desde aquí desprendo también que la relación, al estar enmarcada en el aula, es una relación mediada por lo académico, por el conocimiento, por el trabajo en la sala. En este punto se entrecruzan dos aspectos complejos, por un lado las dinámicas de grupo curso, que en cada uno de ellos es distinta, además de las dinámicas – o didácticas – de la profesora, la cual desea llevar a cabo de la mejor forma la clase, sin que ello motive a los estudiantes. Entonces se genera en ese quiebre, lo que mencioné antes, el simulacro de clase, en que la comunicación entre ambas partes fallan, con su consecuente diálogo de sordos. Como la alumna de la experiencia que relaté, está sólo su cuerpo presente en el aula, siendo forzada a “relacionarse” con la profesora, sin conseguir ningún resultado positivo. ¿Pero dónde está su mente? ¿Qué sucede con sus emociones? ¿Sus impulsos creativos están siendo reprimidos? La clase simulada, el teatro de representaciones en abismo con el aula como el gran escenario, en que cada parte aparenta estar haciendo su trabajo, es un juego de máscaras al absurdo, ocultas y no participantes.

Esa es la difícil situación que observo en los grupos de curso, si bien me gustaría adentrarme más, como los espacios simbólicos o imaginarios, para desentrañar aun más esa situación, como practicante no puedo, estoy atado de manos, y mi carácter de observador participante se transforma, poco a poco, en un “espectador”[5]. Todo lo escrito ciertamente aporta luces referente a un conflicto complejo y silencioso/persistente, y este ensayo/relato trata de dar a entender desde dónde y por qué surge.

Cabe decir que no siempre seré el practicante-espectro/ profesor-alumno, dentro de poco seré afectivamente el profesor, y espero con toda la fe, que en ese momento algo cambie, un mínimo grano de arena en esta compleja situación, y que por supuesto ninguno de mis colegas caiga en esas prácticas que no solo nos dañan como profesión, sino que también dañan a nuestros jóvenes estudiantes.

¡A trabajar!


[1] No me detendré en mi “forma” de ver la nueva enseñanza, sino tan solo dar cuenta de los síntomas que afectan la pedagogía, según la observación misma de mi práctica.

[3] Como escriben Juan Gutiérrez y Juan Manuel Delgado.

[4] Que no siempre es expositiva, pues la profesora busca interactuar con los alumnos constantemente, siempre y cuando ella lleve las riendas de la clase y la dirección según su criterio.

[5] Espectador como espectro, fantasma, sujeto que aparece y desaparece, la posición del practicante, entonces, es anfibológica también, la contradicción en mí mismo, desde el punto en que de practicante paso a ser espectador, de toda la puesta en escena que es la sala de clases y la enseñanza.

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