Si Arjona supiera lo que tiene que hacer un profesor-taxista para seducir a la vida… (Parte I)

1. Manifiesto, a modo de presentación.

          Soy parte de esa (relativamente pequeña) minoría que, tras estudiar una licenciatura, eligió no educar. La primera razón que justifica mi decisión es que no tengo vocación de mártir ni se encuentran entre mis tendencias las de un masoquista. Me explico. Concibo la docencia, a nivel escolar y en el sistema público (el campo en el que soñaba trabajar al momento de entrar a estudiar), como un trabajo ingrato, llevado a cabo en condiciones siempre adversas, en el contexto del cual el fantasma de la derrota y el fracaso están a la vuelta de la esquina. La experiencia de hacer clases en un preuniversitario popular de la zona sur de Santiago, me mostró que la proporción entre las sesiones tras las cuales salía con ganas de seguir adelante, y hacer de la docencia una forma de vida, y aquellas tras las cuales lo único que quería era embriagarme y haber escuchado a todo el mundo cuando me insistía en que estudiara Medicina (como hasta mi último año de enseñanza media lo había deseado) o, por último, Derecho, me era increíblemente desfavorable al momento de intentar justificar mi presencia en ese contexto. ¿Poca tolerancia a la frustración? No lo creo, otras de mis experiencias vitales demuestran lo contrario. Yo diría que fue un dulce amor por la sanidad mental propia… pero solo hasta cierto punto. ¿Por qué? Finalmente, tras terminar mis estudios de pregrado en lengua y literatura, pasé a lo que, supuestamente, era el camino más obvio, el posgrado: sin embargo, hoy mantengo solo un pie en la investigación literaria (en el contexto de mis estudios de Magíster); el otro pasa los días tambaleándose en el mágico mundo de la docencia universitaria a honorarios.

          Sí, soy un profesor-taxi, uno de esos 33.000 profesionales que orbitan por las universidades chilenas ofreciendo sus servicios por horas; soy uno de esos mercenarios del conocimiento que el sistema universitario chileno, de la mano del neoliberalismo que lo alimenta, ha convertido en norma, en vez de considerarlos una excepción diseñada para apoyar los requerimientos de docencia que surjan en el contexto del crecimiento y consolidación de la institución universitaria; soy imagen viva, junto a las decenas de miles de colegas anteriormente nombrados, de lo que pasa cuando los principios del mercado intervienen el normal traspaso del conocimiento entre una entidad encargada de ofrecer plataformas de enseñanza y quienes acuden a aquella para beber de la exquisita fuente del saber (poético, pero triste: bueno… en cierto modo, son conceptos equivalentes).

      Vale hacer explícita, para acabar esta presentación sin que quede ningún cabo suelto, cuál es mi concepción de la docencia. Desprecio el concepto que se escondería detrás de la falsa etimología de “alumno” como aquel el que no tiene luz (sí, esta versión es falsa: la palabra, en realidad, deriva del verbo latino alere, que significa “alimentar”. Por lo tanto, el alumno, entendido en el contexto del aprendizaje/enseñanza, es quien es alimentado con conocimientos); desde ese punto de vista, rechazo la visión del profesor como un iluminado, un mártir que va prendiendo la mecha del conocimiento en los corazones y oscuras mentes de quienes tienen la dicha de ser sus estudiantes. Prefiero el concepto (algo pederasta, sí, como casi todo concepto que tenga que ver con la relación maestro/discípulo y que provenga de la Grecia clásica) “pedagogo”, entendido como “quien conduce a los niños”: es decir, quien muestra las posibilidades, ciertas directrices que el discípulo-niño-no-iniciado puede elegir seguir. De hecho, aún más caro me es el concepto “docente”, que nos lleva a lo esencial de nuestra práctica cotidiana, pues nos identifica con “el que enseña”. Así de simple.

     En fin, rechazo la visión del profesor como un héroe que sacrifica su vida por sus estudiantes. Creo que, en el rol del docente/profesor/pedagogo, hay mucho más de ego y de autovalidación como individuo en medio de una sociedad que de inmolación por el avance hacia el progreso humano. Cada uno de nosotros, en tanto “enseñadores”, se siente con la necesidad, y (solo) a veces capacidad, de pasar unos cuantos minutos alimentando con sus conocimientos a otros seres; es más, creemos que les convendría escucharnos, que les/nos sirve, pues nuestra vida toma sentido en la medida que les somos útiles a esas mentes más o menos permeables (desde niños hasta adultos: la megalomanía da para mucho). Durante esa hora y media que nos paseamos frente a una audiencia (a veces en auditorios o salas que dan cuenta de un antiguo modelo educativo, en el cual el estudiante debía estar muy abajo o muy arriba con respecto al profesor, marcando la asimetría didácticamente necesaria que esa relación requería para que el proceso fuese lo más cercano posible a la perfección), ya sea en un plano consciente o inconsciente, nos sentimos como Luther King en Washington cobrando el cheque sin fondos que el gobierno estadounidense le dio a la población negra al momento de sentar las bases de la Nación; como Allende, en la FECH, celebrando, mesuradamente, el triunfo de la Unidad Popular y auspiciando un duro, pero prometedor futuro; incluso, como Pink Floyd (personaje), con el traje de su alter ego fascistoide, escupiendo su ideología sin tapujos frente a un auditorio completamente entregado a lo que le quieran inyectar a través del discurso.  Desde mi punto de vista, no enseñamos por los demás: enseñamos por nosotros mismos y la justificación de nuestra existencia… No nos pisemos la capa entre superhéroes (porque, por lo demás, no lo somos).

La sociedad de los poetas muertos

No sea iluso, colega: esto solo pasa en las películas...

          Hasta aquí esta primera entrega, que intenta transparentar mi papel en el contexto de este blog. Puede que nadie lo lea, puede que mucha gente lo haga: no me importa mucho; me sirve, por lo pronto, para cumplir con un compromiso que tiene un valor, para mí, mayor que el de mi “amor por la enseñanza”. En las siguientes entregas, me extenderé sobre las vicisitudes que debemos atravesar los profesores-taxi, los abusos que se esconden detrás de esta asquerosa figura laboral y sobre la diferencia entre ser un mercenario que sirve a las universidades privadas y uno que se pone al servicio del sistema estatal: todos temas que dan para un amplio debate; ¿o no?
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