Elegí no educar

"Gracias, pero no."

Cuando me preguntaron si quería participar de la comunidad Investigación y Docencia, yo mismo fui el que puso la alerta: yo no soy pedagogo. Soy, simplemente, un Licenciado en Literatura Hispánica, que optó, voluntariamente, por no cursar la Pedagogía. He hecho clases en distintos niveles y edades, y a participantes de distintas extracciones socioeconómicas. La temática docente no me es del todo ajena, ni mucho menos indiferente. Empero, decidí no convertirme en profesor de Lenguaje, aun cuando hacerlo era la consecuencia más lógica una vez terminada la carrera, como lo han hecho la mayoría de mis antiguos compañeros.

Simplemente, elegí no educar. Elegí evitar una serie de vicios relacionados con la educación en Chile, en todos sus niveles.

Por ejemplo, elegí no hacerme cargo de una implementación antojadiza de los modelos curriculares en los distintos establecimientos educativos. Con ello, de paso, me permito no hacerme cargo de directores y administradores de colegios, públicos, privados o particular-subvencionados, así como de jefes de Unidades Técnicas Pedagógicas; no me son desconocidas historias de sujetos desempeñándose en estos cargos, colocando más limitaciones y trabas que facilitando las funciones educativas. Conozco más Directores de colegio interesados en ponderar costos e ingresos, que aquellos dispuestos a analizar programas, metodologías y didácticas.

También elegí no hacerme cargo de los padres y apoderados. No me refiero, claro, a la totalidad de ellos, sino a esa porción nada despreciable de adultos que consideran que el lugar de estudio de sus pupilos es un guardería o, peor aún, una suerte de retail de la educación, donde basta con hacer llegar a la chica o al chico a la hora, para que, por arte de magia, ésta o éste sea formado en valores, en actitudes, en conocimientos y en habilidades. ¿Alguno de ustedes nunca ha oído de profesores amenazados y/o golpeados por apoderados exaltados, violentamente molestos por haber sido llamados a reunirse con un docente, porque la conducta de su hijo hace necesario realizar un trabajo conjunto y participativo? Cuando se entiende la educación como un bien de consumo, padres, apoderados y alumnos pasan a ser consumidores, o peor aún, clientes. Por tanto, se comportarán como tales, desafectándose de sus propias responsabilidades para con el proceso educativo; y los aprendizajes esperados caerán como maná del cielo, y serán efectivos por osmosis. Por supuesto.

Pero por sobre todo, elegí no educar por causa de los profesores. No de todos, sin duda alguna. De mi propia experiencia formativa logro rescatar un buen puñado de excelentes docentes y pedagogos. Pero se trata de excepciones, dentro de una media marcada por la mediocridad y el mínimo esfuerzo. Y eso me resulta aún más perturbador, pensando en que estudié en un colegio denominado como “de excelencia”, lo cual me obliga a cuestionarme acerca de la calidad de los educadores de otros establecimientos, con resultados menos satisfactorios para los estándares actuales.

Sería posible responsabilizar de esto a las antiguas generaciones de docentes, con las que aprendimos y nos formamos. Pero tampoco es que vea, en las nuevas camadas de educadores, un particular esfuerzo por hacer de la educación algo más que la canalización de contenidos. Son muy contadas las excepciones en que se constituyen plataformas multidisciplinarias de discusión crítica en torno a la actividad educativa. Con relativa frecuencia me he reunido con profesores jóvenes, y las discusiones rara vez alcanzan dimensiones que trasciendan el reclamo o la queja, en torno a directores, apoderados o alumnos. La escasa participación de docentes en esta misma plataforma de opinión digital me confirma este punto de vista: los docentes actuales tienen un muy escaso interés por hacer de su quehacer una actividad significativa y de alto impacto en la vida de niños y jóvenes. Siempre resulta más fácil, más cómodo, centrarse en detalles como el bono por desempeño, que detenerse a pensar acerca de mecanismos significativos para hacer de la educación una experiencia de sentido para los alumnos.

No puedo negar que escribo desde una posición tremendamente cómoda, sin enfrentarme al día a día que experimentan los profesores en Chile. Por lo mismo, todo reclamo o desacuerdo es legítimo. Pero si he faltado a la verdad, agradecería que así me lo hicieran saber. Francamente, dudo que puedan sacarme de este error, y mucho menos que puedan convencerme del valor de ser educador. Pero si al menos contribuí a dar cuenta de algunas razones que explicarían la negativa de muchos profesionales jóvenes a ejercer la docencia, me sentiré satisfecho. En estas condiciones, ser profesor no es para cualquiera. Para mí, al menos, no lo es.

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